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PERSONAJES DE LA WWII

Hola a todos Los Respetables Foristas.

PERSONAJES DE LA WWII

Bienvenidos. En este espacio nos referiremos a aquellos personajes de la Segunda Guerra Mundial, mas importantes.
Empiezo con...

Hitler's Warriors - Manstein The Strategist

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http://www.youtube.com/watch?v=dueGnewPbFQ

Erich von Manstein

Militar y aristócrata alemán. Preparó la invasión de Polonia (Blitzkrieg) como jefe del estado mayor (1939). Autor del plan de invasión de Francia y especialmente del ataque con los blindados en las Ardenas (1940). Mandó un ejército en la URSS, donde tomó Sebastopol (1942) y Járkov (1943). Apartado del mando por Hitler a principios de 1944.

Auf Wiedersehen.

Comentarios

  • Dario López
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  • Dario López
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    Irena Sendler

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    Fotografía de Irena Sendler, dos días antes de cumplir 95 años de edad

    Irena Sendler o Sendlerowa (Otwock, Varsovia, 15 de febrero de 1910 - Varsovia, 12 de mayo de 2008), conocida como «El Ángel del Gueto de Varsovia», fue una enfermera y trabajadora social polaca católica, que durante la Segunda Guerra Mundial ayudó y salvó a más de dos mil quinientos niños judíos prácticamente condenados a ser víctimas del Holocausto, arriesgando su propia vida.

    Fue candidata al Premio Nobel de la Paz en 2007, aunque finalmente no resultó elegida. Sin embargo, fue reconocida como Justa entre las naciones y se le otorgó la más alta distinción civil de Polonia: la Orden del Águila Blanca (Order Orła Białego).


    La madre de los niños del Holocausto

    «La razón por la cual rescaté a los niños tiene su origen en mi hogar, en mi infancia. Fui educada en la creencia de que una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad.»
    Irena Sendler, quien salvó a 2.500 niños del Gueto de Varsovia.

    Primeros años

    Irena Sendler nació como Irena Krzyzanowska el 15 de febrero de 1910, en Varsovia. Su padre, Stanisław Krzyżanowski, era un médico reconocido. Desde su infancia, Irena sintió simpatía por los judíos. Su padre falleció en 1917 a causa de un tifus contraído al tratar a varios pacientes rechazados por sus colegas: muchos de esos pacientes eran judíos. Tras su muerte, los líderes de la comunidad judía ofrecieron pagar los estudios de Irena. En la Polonia de pre-guerra, Irena se opuso al sistema de discriminación adoptado por algunas universidades, como resultado de lo cual fue suspendida en la Universidad de Varsovia durante tres años.


    Segunda Guerra Mundial

    Irene Sendler en 1942

    Cuando Alemania invadió el país en 1939, Irena era enfermera en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia, el cual llevaba los comedores comunitarios de la ciudad. Allí trabajó incansablemente para aliviar el sufrimiento de miles de personas tanto judías como católicas. Gracias a ella, estos comedores no sólo proporcionaban comida para huérfanos, ancianos y pobres sino que además entregaban ropa, medicinas y dinero.

    En 1942 los nazis crearon un gueto en Varsovia, e Irena, horrorizada por las condiciones en que se vivía allí, se unió al Consejo para la Ayuda de Judíos, Zegota. Ella misma lo cuenta:

    "Conseguí, para mí y mi compañera Irena Schultz, identificaciones de la oficina sanitaria, una de cuyas tareas era la lucha contra las enfermedades contagiosas. Más tarde tuve éxito en conseguir pases para otras colaboradoras. Como los alemanes invasores tenían miedo de que se desatara una epidemia de tifus, toleraban que los polacos controláramos el recinto."

    Cuando Irena caminaba por las calles del gueto, llevaba un brazalete con la estrella de David, como signo de solidaridad y para no llamar la atención sobre sí misma. Pronto se puso en contacto con familias a las que ofreció llevar a sus hijos fuera del gueto. Pero no les podía dar garantías de éxito. Lo único seguro era que los niños morirían si permanecían en él.

    Muchas madres y abuelas eran reticentes a entregar a sus niños, algo absolutamente comprensible pero que resultó fatal para ellos. Algunas veces, cuando Irena o sus chicas volvían a visitar a las familias para intentar hacerles cambiar de opinión, se encontraban con que todos habían sido llevados al tren que los conduciría a los campos de la muerte.

    A lo largo de un año y medio, hasta la evacuación del gueto en el verano de 1942, consiguió rescatar a más de 2.500 niños por distintos caminos: comenzó a sacarlos en ambulancias como víctimas de tifus, pero pronto se valió de todo tipo de subterfugios que sirvieran para esconderlos: sacos, cestos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercancías, bolsas de patatas, ataúdes... en sus manos cualquier elemento se transformaba en una vía de escape.

    Entre los miles de niños y bebés rescatados, uno de los ejemplos que pasó a la posteridad fue el de Elzbieta Ficowska. Ella tenía cinco meses cuando una colaboradora de Sendler le suministró un narcótico y la colocó en una caja de madera con agujeros para que entrara el aire. Fue sacada del gueto junto con un cargamento de ladrillos, en un vagón traccionado por un caballo, en julio de 1942. La madre de Elzbieta escondió una cuchara de plata entre las ropas de su bebé. La cuchara llevaba grabado su apodo, Elzunia, y la fecha de nacimiento: 5 de enero de 1942. Elzbieta fue criada por la ayudante de Sendler, Stanislawa Bussoldowa, una viuda católica. Ficowska dijo más tarde que la fallecida Bussoldowa fue su "madre polaca", para distinguirla de su "madre judía". Durante meses, la madre de Elzunia llamó por teléfono para escuchar los balbuceos de su hija. Muertos sus padres en el gueto, la joven salvada Elzbieta Ficowska fue años después conocida con el apodo de "la niña de la cuchara de plata".

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    Poster nazi en alemán y en polaco (Varsovia, 1942). En él, se amenaza de muerte a cualquier polaco que prestara ayuda a los judíos.

    Irena quería que un día pudieran recuperar sus verdaderos nombres, su identidad, sus historias personales y sus familias. Entonces ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades.

    Los nazis supieron de sus actividades. El 20 de octubre de 1943, Irena Sendler fue detenida por la Gestapo y llevada a la infame prisión de Pawiak, donde fue brutalmente torturada. En un colchón de paja encontró una estampa de Jesús Misericordioso con la leyenda: “Jesús, en ti confío”, que conservó consigo hasta el año 1979, momento en que se la obsequió a Juan Pablo II.

    Ella era la única que sabía los nombres y las direcciones de las familias que albergaban a los niños judíos. Soportó la tortura y se negó a traicionar a sus colaboradores o a cualquiera de los niños ocultos. Fue sentenciada a muerte. Mientras esperaba la ejecución, un soldado alemán se la llevó para un "interrogatorio adicional". Al salir, le gritó en polaco "¡Corra!". Al día siguiente halló su propio nombre en la lista de los polacos ejecutados. Los miembros de Zegota habían logrado detener la ejecución sobornando a los alemanes, e Irena continuó trabajando con una identidad falsa.

    En 1943, durante el Levantamiento de Varsovia, colocó sus listas en dos frascos de vidrio y los enterró en el jardín de su vecina para asegurarse de que llegarían a las manos indicadas si ella moría. Al finalizar la guerra, Irena misma los desenterró y le entregó las notas al doctor Adolfo Berman, el primer presidente del Comité de salvamento de los judíos sobrevivientes. Lamentablemente la mayor parte de las familias de los niños había muerto en los campos de concentración nazis. En un principio los chicos que no tenían una familia adoptiva fueron cuidados en diferentes orfanatos y poco a poco se los envió a Palestina.

    Bajo el régimen comunista

    Michal Glowinski, a quien Sendler ocultó en un convento en enero de 1943, declaró que el régimen comunista hizo de la historia judía un tema vedado. A eso se sumó que Sendler fue integrante del Partido Socialista, lo cual le ocasionó problemas con los comunistas. Según Glowinski, los interrogatorios y el hostigamiento de la policía secreta a Sendler provocaron el nacimiento prematuro de su hijo Andrzej, quien murió dos semanas después. Asimismo, su hija Janina y Adam enfrentaron obstáculos para recibir educación.

    Reconocimientos

    Irena Sendler fue distinguida con la Orden del Águila Blanca, la condecoración más elevada concedida por Polonia.
    Los niños sólo conocían a Irena por su nombre clave "Jolanta". Pero años más tarde, cuando su foto salió en un periódico luego de ser premiada por sus acciones humanitarias durante la guerra, un hombre la llamó por teléfono y le dijo: "Recuerdo su cara, usted es quien me sacó del Gueto." Y así comenzó a recibir muchas llamadas y reconocimientos.

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    Irena Sendler, al cumplir 95 años de edad, el 15 de febrero de 2005. En la imagen se encuentran también Janina Zgrzembska y Elzbieta Ficowska, la niña de la cuchara de plata.

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    Fotografía del funeral de Irena Sendler, el 15 de mayo de 2008.

    En 1965 la organización Yad Vashem de Jerusalén le otorgó el título de Justa entre las naciones y se la nombró ciudadana honoraria de Israel.

    En noviembre de 2003 el presidente de la República, Aleksander Kwasniewski, le otorgó la más alta distinción civil de Polonia: la Orden del Águila Blanca (Order Orła Białego). Irena fue acompañada por sus familiares y por Elzbieta Ficowska, "la niña de la cuchara de plata".

    Pero Irena Sendler nunca pensó que recibiría homenaje alguno por sacar subrepticiamente a los 2.500 niños judíos del gueto de Varsovia, ni por soportar las torturas de los nazis o pasar décadas hostigada por el régimen comunista que siguió a la guerra. Según ella lo expresó, "esos actos fueron la justificación de mi existencia en la tierra, y no un título para recibir la gloria". En referencia a las visitas incesantes que recibía, expresó: "Estoy muy cansada; esto es demasiado para mí".

    En el año 2007 el gobierno de Polonia la presentó como candidata para el premio Nobel de la Paz. Esta iniciativa fue del Presidente Lech Kaczynski y contó con el apoyo oficial del Estado de Israel —a través de su primer ministro, Ehud Ólmert— y de la Organización de Supervivientes del Holocausto residentes en Israel. Las autoridades de Oświęcim (Auschwitz en alemán) expresaron su apoyo a esta candidatura, ya que consideraron que Irena Sendler fue uno de los últimos héroes vivos de su generación, y que demostró una fuerza, una convicción y un valor extraordinarios frente a un mal de una naturaleza extraordinaria. Finalmente el galardón fue concedido a Al Gore.

    Irena Sendler falleció en Varsovia (Polonia), el 12 de mayo de 2008, a los 98 años de edad.

    http://es.wikipedia.org/wiki/Irena_Sendler
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  • Dario López
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    Yevdokiya Zavaliy

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    La única Comandante femenina de pelotón de infantería durante la Segunda Guerra Mundial.


    Nació el 28 de mayo de 1926 en un pequeño pueblo situado en la región de Nikolayev, Ucrania.

    En el regimiento, sirvió como enfermera. Aprendió a disparar un rifle, una pistola y una ametralladora. Durante retirada del cerco de Khortytsya recibió una herida penetrante en el abdomen. Después de salir del hospital, Yevdokiya fue enviada a un regimiento de reserva. Allí tuvo su primera medalla, la Orden de la Estrella Roja. Durante el bombardeo, arrastró a un oficial herido que se encontraba inconsciente a un lugar seguro, los vendó y le salvó la vida.

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    Teniendo en cuenta sus logros militares, en octubre de 1943, fue nombrada comandante del pelotón de artilleros de ametralladora. Le costó un gran esfuerzo ganarse el respeto como comandante. Parecía ridículo a los que una joven de 17 años de edad, les mandara. Sin embargo, muy pronto algunos de ellos estaba dispuesto a dar su vida por ella.

    Yevdokiya Zavaliy participó en la defensa de la región del Cáucaso, en la batalla por la guerra de Crimea y de Besarabia, en la liberación de Yugoslavia, Rumania, Bulgaria, Hungría, Austria y Checoslovaquia.

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    En 1947, fue licenciada y se fue a Kiev. Allí conoció a su esposo y se casó. Tuvo dos hijos, 4 nietos y 4 bisnietos. Trabajó como gerente de una tienda de comestibles. Recorrió muchas ciudades, unidades militares, barcos y submarinos contando las historias acerca de su pelotón. Murió en Kiev el 5 de mayo de 2010.

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    Orden de la Revolución de Octubre
    Orden de la Bandera Roja
    Orden de la Estrella Roja
    Orden de la Guerra Patriótica primera y segunda clase
    Medalla "Por valor"
    Medalla "Por la Defensa de Sebastopol"
    Medalla "Para la captura de Budapest "
    Medalla "Para la captura de Viena"
    Medalla "Por la liberación de Belgrado", entre otros.
    entre otras 40 mas.

    Fuente:
    https://www.facebook.com/pages/La-Segunda-Guerra-Mundial

  • Dario López
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    Fritz Christen El Soldado Alemán Que Venció a 100 Soviéticos

    Fritz Christen, un soldado alemán, sobrevivió tres días en el campo de batalla matando a 100 soldados enemigos y acabando con 13 tanques soviéticos sin ayuda de nadie.


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    El 22 de junio de 1941 Alemania lanzo la operación "Barbarroja", la tan esperada invasión a la Unión Soviética. En las primeras semanas de la ofensiva los triunfos alemanes fueron absolutos y aplastantes, consiguiendo grandes conquistas de territorio en tiempo record. Sin embargo, a medida que los grupos de ejercito germanos se acercaban a sus objetivos, en Leningrado, Moscú y el rio Volga, la resistencia rusa fue haciéndose cada vez mas tenaz y feroz.

    La 3ra División Panzer de las Waffen-SS, la TotenKopf, al mando del SS-Obergruppenfuhrer Theodor Eicke, formaba parte del grupo de ejércitos Norte. La división había avanzado problemáticamente durante semanas, encontrando a un enemigo cada vez mas decidido a detenerle. Finalmente, a mediados de septiembre, la unidad se encontraba a las puertas del pueblo de Demiansk.

    Hacia el 21 de septiembre la inteligencia alemana comenzó a predecir un ataque soviético de importante escala en el sector: estaban llegando grandes cantidades de nuevas unidades soviéticas de refresco; los rusos empezaron a lanzar ataques de tanteo sobre las líneas alemanas, tratando de determinar los puntos débiles de la Totenkopf.

    En efecto, la ofensiva comenzó el 24 de septiembre; la infantería soviética, con apoyo acorazado, empezó a forzar la línea germana. La artillería de la división Totenkopf hacia salva tras salva con alza cero...

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    El SS-Sturmann (Cabo) Fritz Christen era apuntador de un pieza antitanque de 50 mm. de la 2. Compañía del regimiento antitanque de la división (3.SS [Panzer-] Artillerie Regiment). Su bateria estaba en posicion en los bosques justo al norte de Lushno, un pueblo cercano a Demiansk. Su unidad tuvo que soportar el peso del primer ataque blindado soviético en la mañana del día 24.

    "Aquella mañana nuestra batería estaba desplegada en el borde de un pequeño bosque al norte de Lushno, cubriendo un gran claro hacia el este. El frio y la quietud eran, ya para septiembre, espantosos. Sin embargo, estábamos bien equipados: los mandos logísticos de las SS eran independientes, por lo que nunca nos falto el abrigo, o los víveres necesarios, problemas que luego tendrían que padecer las unidades regulares de la Wehrmacht.

    Esperábamos, si, un ataque ruso inminente, pero nunca a esa escala: de pronto, al romper el amanecer, comenzó a llovernos fuego de artillería. Momentos después, los tanques soviéticos, apoyados por infantería en gran cantidad, aparecieron frente a nuestra posición, atacando a la carga. La orden no se hizo esperar, y comenzamos a intentar repelerlos, disparando frenéticamente a cuanto se moviera, en medio de un fuego de todo calibre que parecía llegar a nosotros desde todas partes. Mis camaradas comenzaron a caer a mi alrededor, presas del fuego masivo de infantería, o a volar por los aires despedazados por la artillería enemiga. Muchas piezas contiguas a la nuestra desaparecieron, con su dotación de hombres entera, en cuestión de instantes.

    Mi sargento y camaradas en la dotación de mi cañón no tardaron, tampoco, en caer. Sin pensarlo, tome el mando y continúe cargando y disparando, mientras gritaba pidiendo apoyo de algún camarada u oficial cercano. Logre hacer impacto sobre algunos tanques, cinco o seis, así como sobre varios grupos de infantería, a medida que se aproximaban. Estimo que transcurrieron un par de horas hasta que, por fin, el ataque ruso ceso. Fue entonces cuando descubrí por que nadie había respondido a mis pedidos de apoyo: toda mi unidad había sido aniquilada; me encontraba aterradoramente solo en mi posición. Aun así, nunca pensé en retroceder: las SS no retrocedían, era tan sencillo como eso. Ni siquiera pensé en que debía mantener mi puesto, o en que era mi obligación hacerlo. Solo me mantuve allí, es todo.

    Apresuradamente empecé a tratar de cavar una trinchera alrededor de mi pieza antitanque. Y por fortuna, pues al atardecer los soviéticos reanudaron el fuego de morteros sobre ese sector. Me aferre al suelo de mi trinchera, mientras los arboles circundantes eran destrozados una vez más, haciendo lo único que podía hacer: esperar que la próxima salva no cayera sobre mí. Minutos después, el fuego ceso y algunos grupos de infantería soviética comenzaron a avanzar sobre mi puesto. Volví a cargar el cañón y abrí fuego sobre ellos, quienes inmediatamente me contestaron con fusiles y ametralladoras. Continué disparando varias salvas hasta que retrocedieron.

    Al caer de la noche, rescate algunos proyectiles de las piezas abandonadas más cercanas. Intente dormir, ya que no habían sobrevivido raciones de comida, pero las patrullas rusas no me lo permitían: debía disparar esporádicamente, aquí y allá, para mantenerles a raya.

    Amaneció el segundo día, y con el otra vez el continuo fuego de ametralladoras y morteros rusos desde el otro lado del claro. A media tarde, se decidieron a otro asalto blindado sobre mi posición: al menos dos pelotones de tanques cargaron a toda velocidad sobre mi. Volví a cargar, apuntar y disparar, desesperadamente. Conseguí impactos directos sobre siete de sus tanques, inutilizándolos o destruyéndolos. El resto retrocedió hasta sus posiciones, dejándome otra vez en paz. El fuego de ametralladoras continúo sobre mí hasta la noche e, incluso, esporádicamente volvían a disparar durante la noche.

    En las horas de oscuridad debí arrastrarme varios metros hasta las piezas abandonadas mas alejadas, para volver a reunir proyectiles nuevos, pues había utilizado toda mi munición restante durante el ataque de aquella tarde. También logre desmontar mi cañón y, con la ayuda de algunos troncos despedazados, volver a colocarlo en posición de fuego unos metros mas al norte; considere que era lo mejor, pues mi posición anterior se había vuelto ya demasiado obvia.

    Al amanecer del tercer día, la historia volvió a ser la misma: fuego de morteros y ametralladoras. Quizá también fuego de artillería más pesada. Durante todo el día los rusos intentaron asaltos de infantería y, de nuevo, volví a disparar una y otra vez hasta que retrocedieron. Por la noche volví a arrastrarme en busca de munición para tratar de continuar vivo un día mas, resistiendo el frio, el hambre y el sueño.

    Sin embargo, al siguiente día los ataques finalmente cesaron por completo en mi sector. Después del mediodía escuche que se gritaban ordenes: había tropas moviéndose por mis flancos, dentro de lo que quedaba del bosque que yo ocupaba. Tome una pistola del cadáver cercano de un oficial y me prepare para mi ultima defensa, imaginando que aquello era el fin...

    Pero, a medida que se acercaban, pude escuchar más claramente las voces que gritaban órdenes: eran alemanes. Estaba salvado. No tengo mucho mas que contar..."

    Cuando por fin los rusos fueron desalojados de Lushno el 27 de septiembre, las tropas de la Totenkopf que avanzaban para reocupar el bosque encontraron al Sturmann Christen, en muy malas condiciones pero vivo, todavía agachado detrás de su cañón antitanque. En tres días de combates, solo y totalmente aislado del resto de la división, había matado a mas de 100 soldados enemigos e inutilizado a 13 tanques.
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    Por esta increíble proeza le fue concedida a Christen la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro; fue el primero y el más joven de los reclutas de las Waffen-SS en recibir este honor. Le enviaron en avión al cuartel general de Hitler en Rastenburg para que el Fuhrer en persona le impusiera la condecoración.

    http://historiadelasegundaguerramundialymas.blogspot.com/2013/02/fritz-christen-el-soldado-aleman-que.html
  • Dario López
    Publicaciones: 7,245Subteniente 3913 Bogotá
    RETRATO DE LAS GUARDIANAS NAZIS, MUJERES MAQUIAVÉLICAS Y DESPIADADAS

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    Foto: Tomada del blog Pátria judía
    Estas fueron algunas de las guardianas del campo de exterminio de Auschwitz, en Polonia.


    LA AUTORA ESPAÑOLA MÓNICA G. ÁLVAREZ HABLA SOBRE ESTAS MUJERES, TRAS UNA ARDUA INVESTIGACIÓN.

    Álvarez, en el libro ‘Guardianas nazis’, describe a las más de 3.500 vigilantes en los campos de concentración del nazismo, a quienes se atribuye "el 75 por ciento" de los crímenes del Holocausto.

    La periodista e investigadora elegió a diecinueve de esas guardianas -siete responsables (arcángeles) y doce auxiliares (apóstoles)- por la "crueldad, sadismo y perversión de sus acciones malévolas", según reveló en una entrevista.

    Ordenaban extirpar la piel humana para fabricar lámparas, flagelaban y propinaban patadas en la cara y en el abdomen, usaban la fusta, acuchillaban, inoculaban enfermedades a los reclusos, adiestraban e instigaban a perros para que devorasen a sus víctimas... Mataron y maltrataron a miles de prisioneros.

    Estas guardianas que participaron en el horror de la maquinaria nazi entre 1939 y 1945, en los campos de Birkenau, Buchenwald, Ravensbruck o Auschwitz, procedían de familias trabajadoras y humildes, y algunas católicas; no obstante, "tienen a sus espaldas el 75 por ciento de los crímenes" del Holocausto, apunta la autora.

    Muchas de ellas, de procedencia alemana o austríaca, no tenían estudios y "esa falta de educación las hizo manipulables y que sintiesen fascinación por el Partido Nazi", afirma la autora de ‘Guardianas nazis. El lado femenino del mal’, publicado por la editorial edaf y que alcanza su segunda edición.

    Mónica G. Álvarez inició la investigación "por casualidad" indagando en la vida de Ilse Koch, conocida como ‘la zorra de Buchenwald’, una sádica sin "límites", entre cuyas fechorías destaca "la extirpación de la piel humana tatuada para la creación de todo tipo de lámparas que "colgaban del salón de su casa".

    Una crueldad en la que fue determinante su marido, Karl Koch, comandante de Buchenwald, donde se inyectaban enfermedades letales a las víctimas o se llevaban a cabo esterilizaciones sin anestesia.

    Karl Koch "la enseñó a practicar diversos suplicios y vejaciones", puntualiza la autora, que destaca la apariencia seductora de una vigilante que llevó junto a su marido una vida de "lujos, excesos, orgías sexuales, depravaciones y asesinatos".

    Los nazis disfrutaban con los placeres de la comida, de las ropas caras, de la música clásica y el sexo.

    "Mezclaban violencia y sexo para aumentar su nivel de poder ante quienes consideraban su enemigos: los judíos, polacos, gitanos, todo aquel que fuera diferente a su raza", apunta la periodista.

    La autora atribuye las conductas crueles a "una maldad innata, al gen del mal" sumado a la actuación de "Hitler y sus secuaces del III Reich, que fueron quienes manipularon a estas mujeres".

    En la instrucción, principalmente en Ravensbrück, aprendieron a "practicar sacrificios y a comportarse como animales salvajes".

    Prologado por José Cabrera Forneiro, este psiquiatra y doctor en Medicina Legal mantiene que se trataba de personas sin "criterios morales" y que "simplemente por vanidad, egoísmo, celos, ambición y otras muchas razones 'no psiquiátricas', hicieron del mal una herramienta perversa de proyección de sus pobres vidas".

    Las guardianas "llegaron a dirigir estos campos y ordenaban a cientos o miles de camaradas que hiciesen las selecciones para las cámaras de gas o cometiesen los asesinatos", precisa la autora, quien reitera que a pesar de las circunstancias tuvieron "la capacidad de elegir si perpetraban los crímenes o no".

    Para sustentar su investigación, que le tomó dos años, Mónica G. Álvarez acudió a archivos de Estados Unidos o Alemania, se entrevistó con historiadores europeos y estadounidenses y consultó las actas de los juicios contra estas vigilantes, muchas condenadas a cadena perpetua, mientras que otras quedaron en libertad y se refugiaron en distintos países de Europa.

    A pesar de lo "duro" y "trágico" del trabajo, Álvarez, habitual colaborada en diarios españoles como ‘La Vanguardia’, quiso acabarlo para que las barbaridades retratadas en el libro no se vuelvan a permitir y que sirve además como "un homenaje a las personas que cayeron en pos de la libertad".

    MADRID
    EFE
    http://diarioadn.co/actualidad/mundo/crímenes-cometidos-por-mujeres-nazis-durante-la-segunda-guerra-mundial-1.37139
  • SPIDERMAN
    Publicaciones: 7,562Sargento Mayor 2971
    Hola a todos.

    Hermann Goering, el nazi numero uno - El lugarteniente

    Hermann Wilhelm Göring: el lugarteniente de Hitler, Mariscal del III Reich y creador y número 1 de la todopoderosa Luftwaffe (la aviación alemana en la Segunda Guerra Mundial)

    Fue un hombre de muchas caras: vanidoso, despiadado, con una ambición desmedida y el más despiadado de los otros adláteres de Hitler ...pero también fue el oficial nazi más popular de todos, a veces incluso más popular que el propio Hitler. Era capaz de organizar bacanales barrocas y a la vez fundar la Luftwaffe, crear los primeros campos de concentración y asesinar a sus propios compañeros en la purga de 1934. Casi todas las leyes y decretos promulgados contra los judíos llevan su firma y su nombre está indeleblemente ligado al Holocausto.

    http://www.youtube.com/watch?v=P1tfBDn3Rh0

    Auf Wiedersehen.
  • Dario López
    Publicaciones: 7,245Subteniente 3913 Bogotá
    “70 colombianos ayudamos a derrotar a Hitler”

    El Espectador revela los testimonios de Agustín González Latorre, un capitán bogotano que combatió con la Legión Extranjera de Francia, y de un judío polaco que sobrevivió a un campo de concentración y echó raíces en nuestro país.
    Por: Nelson Fredy Padilla


    “Yo terminé en el frente de combate porque a Colombia llegaban las noticias del inicio de la guerra y de las gestas de la Real Fuerza Aérea Británica. Desde niño siempre quise ser aviador y el gran Camilo Daza fue mi instructor en Flandes. A los 14 años ya tenía licencia. Cuando se supo que Colombia estaba con los aliados y que los jóvenes que se presentaran en Panamá iban a ser reclutados, me fui de mi casa sin avisar y me embarqué hacia Inglaterra en octubre de 1941, con sólo 19 años.

    En Londres pedí que me dejaran demostrar mi pericia como piloto, pero como no sabía inglés me destinaron al cuerpo de voluntarios de la Legión Extranjera de Francia. Éramos 500 latinoamericanos. Colombianos unos 70, aunque a quien tuve más cerca fue a Gustavo Quintero, que todavía vive en Cali. Todos los demás ya murieron, como Pacho Fonseca, Azael Torrado, Gil Serrano, Leonidas Cuartas.

    Nos entrenaron durante cuatro meses en el Old Deam Camp de Camberley, antes de enviarnos en el famoso trasatlántico Britanic hacia África. No tenía ni idea de qué era una guerra, a pesar de que ya sabía manejar el fusil y cavar una trinchera. Disfruté el paseo hasta que en la cubierta del barco las caras de todos esos muchachos me contagiaron el miedo y la soledad. Se hablaba de la posibilidad de que los submarinos alemanes nos hicieran naufragar.

    Logramos llegar al Canal del Suez, en Egipto, nos dieron un bidón de agua y otro de vino a cada uno, y de una vez nos mandaron a pie hacia la línea de fuego que le hacía frente a la avanzada alemana en el desierto africano. Llegamos a Marsa Matruh en medio del traqueteo de las ametralladoras Thompson y el sobrevuelo de los bombarderos de Hitler. Empecé a comprender que la posibilidad de volar iba a ser mínima y que tenía que sobrevivir en tierra.

    De día hacía un calor insoportable, 40 a 45 grados centígrados, y la noche era bajo cero. Una noche, descansaba sentado contra las llantas de los camiones cuando se nos lanzó un escuadrón de bombarderos stukas. Todo voló en pedazos. Empecé a correr y correr, viendo a mi paso piernas, brazos, intestinos de mis compañeros. Tuve que acostumbrarme a ver esa tragedia diaria. Para eso era el vino italiano o francés que llegaba con el agua desde El Cairo. Para mantenernos medio borrachos y listos para combatir.

    El vino de tropa era tinto, seco, muy fuerte, feo pero necesario. Nunca nos faltó. En ese estado me sentía más valiente y mitigaba el miedo, que no sólo era porque el enemigo lo matara a uno, sino también por la orden que había de dispararles a los propios compañeros que se acobardaran a la hora de marchar hacia el frente. Es que el miedo, una cosa es contarlo y otra vivirlo allá, en medio de los ataques y la mortandad, cuando se le aflojan las piernas a cualquiera y muchos se orinan.

    Stukas yendo, stukas viniendo, estuve en las batallas de Egipto, Libia, Siria, Palestina y Túnez. Recuerdo en especial las de Bir-Hacheim y El Alamein, donde fuimos derrotados y debimos retirarnos hacia Alejandría, al delta del río Nilo. Después de meses de repliegues y avances recobramos la avanzada hasta recuperar Tobruk, una playa gigante donde no había lugar para atrincherarse. Los choques duraban semanas completas, me hirieron en las piernas y superé una apendicitis de la que me operaron sin anestesia dentro de un camión. Me salvé por la providencia.

    No se me olvida tampoco el grado de deshidratación al que llegamos. Parecía que se evaporaba la saliva y la garganta estaba tan seca que ardía. De susto en susto, de borrachera en borrachera, aprendí francés e inglés. Así terminé conociendo al gran general Bernard Law Montgomery, nuestro comandante máximo en África.

    A nosotros nos llamaban las ‘Ratas del Desierto’ y eso era un honor porque éramos quienes poníamos el pecho a los fusiles, sabíamos esquivar las lluvias de granadas y los ‘jardines del diablo’ —los campos minados alemanes— hasta doblegar los nidos de ametralladoras enemigos para rematarlos con bayoneta calada.

    Los Africakorps de Hitler tenían mucha capacidad de resistencia y su comandante, el mariscal Erwin Rommel, el ‘Zorro del Desierto’, era legendario. Una vez se rindió, en 1944 nos embarcaron por el Mediterráneo hacia Italia, donde me hirieron en Montecassino, en una de las batallas claves para el avance aliado hacia Roma. Me dispararon una ráfaga de ametralladora que me dejó esta cicatriz en la sien. No me tocaba morir.

    De ahí nos trasladaron a Alsacia y Lorena. En los combates definitivos en esa frontera entre Francia y Alemania lideramos una operación de dos días para doblegar a los alemanes que ocupaban un punto clave que se llamaba la Casa Rosada. El combate fue muy intenso y allí murió mi amigo, el paisa Leonidas Cuartas, cuando intentaba proteger a un soldado. En medio de la balacera me metí entre los alemanes en un jeep, rescaté su cadáver y por eso me dieron la medalla Cruz de Guerra por un acto de valentía. Él se quedó enterrado allá.

    Arribamos a Berlín, pisamos las cenizas del búnker donde murieron Hitler y Eva Braun. En ese momento sentí dicha de que ese loco estuviera muerto y de que nosotros hubiéramos ayudado a derrotarlo. Así fue mi vida hasta el 4 de mayo de 1945, día en que el mariscal Montgomery nos comunicó la rendición total de los alemanes. Llegamos a París, desfilamos victoriosos por los Campos Elíseos. Sonó el Himno de Colombia, me condecoró el propio general Charles de Gaulle. Tengo un diploma en el que certifica con su firma que combatí por Francia, que estuve en peligro de muerte, que hice parte de los hombres que lucharon hasta la victoria.

    También le estreché la mano al general Dwight Eisenhower, comandante supremo de las tropas aliadas en Europa. La gente nos aplaudía como veteranos de guerra y yo sólo tenía 23 años. Duramos un año en París, alojados en el mesón de los ex combatientes, recibíamos nuestra mesada y nos la pasábamos de fiesta en fiesta. Hasta en las calles había barriles de vino para celebrar. Podíamos viajar cuantas veces quisiéramos entre París y Londres. En Inglaterra me llamaron de la BBC y el locutor dijo: “Vamos a consolar a una afligida madre en Colombia que creía a su hijo muerto. Salúdela y dígale que sobrevivió”. Mi mamá, Adelina Latorre, mis hermanas y yo lloramos al aire.

    Antes de volver a Colombia en 1946, tuve la oportunidad de hacer los cursos de pilotaje que soñaba en la real Fuerza Aérea Británica. Aprendí a pilotar DC-3, DC-4, los primeros jets 707 y 727. Esa experiencia me sirvió en Bogotá para fundar aerolíneas como Aerocóndor y Aerotal. Después decidí dedicarme al turismo y empecé a llevar a Europa grupos de colombianos. Hasta cuando la salud me lo permitió, los paseaba por todos los lugares donde transcurrió la guerra.

    Mi gran error fue no ahorrar. Si me hubiera quedado en Francia, me habrían dado la nacionalidad por la norma de ‘sangre derramada’ y pensión de por vida. Pero me devolví a Colombia y aquí el gobierno no ha querido reconocerme la pensión por haber defendido el nombre del país en una guerra mundial. Soy un héroe olvidado. Llevo años mandándoles cartas al presidente Uribe, a sus ministros de Defensa, a los generales, y ninguno se digna recibirme. Todos son burócratas prepotentes, ninguno tiene la sencillez de De Gaulle o Montgomery.

    Tengo esposa y una hija. Sobrevivo gracias a la solidaridad de la Embajada de Francia, que paga el arriendo, la alimentación y el tratamiento de la diabetes. Si no fuera por eso, moriría de hambre. Lo único que me quedó de la guerra son estas medallas, los diplomas y los certificados del gobierno francés. Si volviera a ser joven no cometería el error de irme a combatir. Ninguna guerra tiene justificación. La de aquí es absurda: todos se ocupan de armarse para defender su poder, en vez de sacar a la gente de la pobreza”.

    “Amo a Colombia más que a Polonia”
    “Vivo en Colombia desde 1948, porque este país nos acogió en nuestra huida del terror de la Segunda Guerra Mundial. A mi madre, a mi hermana y a mí nos convirtieron en prisioneros desde que los alemanes invadieron Polonia en septiembre de 1939 y terminamos reducidos al gueto de Lödz, una ciudad industrial al sur de Varsovia. Mi padre había muerto años antes. Crecí en la pobreza. Tal vez eso nos permitió afrontar mejor que otros las penurias a las que nos sometieron los nazis.

    Un día nos embarcaron en un tren rumbo a Auschwitz y antes de decidir quiénes irían a las cámaras de gas, al paredón de fusilamiento o a los campos de trabajos forzados, a los jóvenes y fuertes nos preguntaron por la profesión. Me despedí de mi madre, mis hermanas y mi esposa. Sabía que era la última vez que las veía. Murieron en Auschwitz-Birkenau.

    Además de judío, soy ingeniero mecánico, por lo que me enviaron primero a un campo alemán donde reparaban aviones y luego al de Braunschweig-Schillstrasse, especializado en mantenimiento de camiones. Llegué en agosto de 1944. Debía cumplir jornadas de 12 horas continuas de trabajo. Las condiciones eran infrahumanas, de humillación permanente. Para los SS Hitler era un dios, tenían el cerebro lavado y cumplían sus órdenes a cabalidad, así fuera asesinar a sus propias familias. Eran gente medio alocada, no eran normales. Es imposible que alguien que esté en sus cabales le dispare a otro a la cabeza sólo porque no le gustó el corte de su cabello.

    Era muy difícil soportar los inviernos. Si no se moría enfermo y casi congelado por el frío, a uno lo mataban los piojos. Hacíamos fila en medio de un patio: uno bombeaba agua no potable y el otro se desnudaba y se juagaba con agua diez grados bajo cero.
    A medida que iban perdiendo la guerra, el odio hacia nosotros crecía. Desataban sus ataques de ira y destruían todo para desahogarse. Hubo un momento en que la férrea disciplina nazi empezó a desmoronarse y el control del campo se les salió de las manos. Decidieron trasladarnos. Desde marzo de 1945 íbamos y veníamos en el tren hasta que el 15 de mayo las tropas aliadas norteamericanas nos liberaron. Estaba desecho y en harapos, pero es el único día que celebro desde entonces. ¿Por qué sobreviví? No lo sé. Pasado el tiempo ya no estaba tan fuerte, tampoco era el más inteligente. Es posible que haya sido cuestión de suerte. Tres días después regresé a Lödz y me reencontré con mi esposa. La ciudad estaba destruida. No había qué comer o de qué vivir.

    En ese momento el futuro no estaba en Europa, el impacto de lo vivido nos invitaba al exilio, a rehacer nuestras vidas. A través de un periódico me enteré de que una multinacional buscaba ingenieros. Las opciones de trabajo eran Asia, África o Suramérica. Nos decidimos por la última y me asignaron por un año a Colombia. A Europa volví la última vez hace 20 años. Al campo de concentración donde estuve fui una vez y me indignó que lo hayan convertido en un negocio de turismo.

    En Bogotá me especialicé en técnicas y maquinaria para la industria de la lana. Hice empresa, generé empleo y trabajé duro hasta los 82 años. En Europa nací y me eduqué, pero amo esta tierra más que al país donde nací.

    Muchas veces me han buscado desde Europa para que dé testimonio para películas o documentales. No me gusta hablar de este tema. Es doloroso. Para mí el pasado es pasado. He vivido concentrado en el hoy y en el mañana. Es la primera vez que hablo a la prensa. Lo hago para El Espectador porque se acercó a través de una persona cercana y porque respetó mi decisión de no revelar mi identidad.

    Tengo 96 años. No quiero convertirme en objeto de curiosidad. Mi esposa murió hace un año y medio. Estuvimos casados 63 años. Tuvimos dos hijos. Aquí vivimos felices. Ella quiso que la sepultaran aquí y yo también lo quiero. No descarto que haya una tercera guerra mundial. Todo mundo se está armando y nadie compra esa tecnología bélica ultramoderna para dejarla guardada en bodegas. No falta el loco al que un día le dé por usarlas. Dios mío, hay países con hambruna y también con bomba atómica”.

    http://www.elespectador.com/impreso/articuloimpreso158581-70-colombianos-ayudamos-derrotar-hitler
  • Dario López
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    Las Brujas Nocturnas

    En Octubre de 1941, un grupo de chicas jóvenes con edades comprendidas entre los 17 y los 22 años se dirigían hacia el Colegio de Aviación de Engels, en Rusia. Eran voluntarias que habían respondido a un llamamiento efectuado por Radio Moscú solicitando chicas que quisieran ser pilotos de combate. Stalin, había firmado un decreto para la creación de 3 regimientos dentro de la fuerza aérea y había llegado el momento de reclutar a las que posteriomente fueron conocidas como “Las brujas nocturnas”.

    Tras un intenso entrenamiento de 7 meses fueron llevadas al frente, en donde no tardaron en demostrar su destreza. Les fueron entregados viejos aparatos Polikarpov PO-2, que no llevaban armamento (la piloto portaba una pistola y la artillera un lanzacohetes) y en los que tan sólo tenían cabida 2 bombas de 200-250kgs.

    Eran vuelos de 1 hora en los que se trataba de coger al enemigo por sorpresa, lanzar las bombas y regresar para en muchas ocasiones volver a cargar 2 bombas y realizar otra misión.

    Debido a que los motores de los PO-2 eran muy ruidosos, adoptaron la táctica de subir a determinada altura, apagar motores y planear hasta el objetivo, momento en el que lanzaban su carga y ponían de nuevo en marcha los motores para escapar.

    Debido a que eran muy difíciles de detectar y a que sus misiones se solían celebrar de noche, los alemanes les dieron el sobrenombre de “Brujas Nocturnas”.

    Diversas fuentes ofrecen las cifras de entre 23.000 y 30.000 misiones de vuelo realizadas en las que se lanzaron unas 3.000 toneladas de bombas.

    http://www.historiassegundaguerramundial.com/anecdotario/las-brujas-nocturnas/
  • Dario López
    Publicaciones: 7,245Subteniente 3913 Bogotá
    Bartali, el ciclista que salvó a 800 judíos de los nazis, cumple hoy 100 años

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    El ciclista italiano Giani Bartali, ganador de dos Tours de Francia y tres Giros y que se jugó la vida durante la II Guerra Mundial para salvar a cientos de judíos del holocausto nazi, nació hace hoy 100 años.

    La ciudad de Florencia, que alberga un museo del ciclismo con el nombre de Gino Bartali, celebra hoy la efeméride con un amplio programa de actos, entre ellos, una exposición de pintura y la presentación del libro "Bartali en camino más fuerte de todos", de Giovanni Castagnoli.

    Llegó al mundo el 18 de julio de 1914 en la localidad florentina de Ponte a Ema (Toscana, centro de Italia), tan solo diez días antes del estallido de la I Guerra Mundial (1914-1918).

    Aquel hijo de la guerra se convertiría más adelante en una las leyendas del ciclismo italiano junto a su eterno adversario Fausto Coppi y en una de las figuras deportivas más emblemáticas del siglo pasado en el país transalpino.

    Comenzó a rodar a los 17 años, y no tardó en despuntar al poco tiempo en el panorama ciclístico nacional e internacional, que le llevó a conquistar dos ediciones del Tour de Francia (1938 y 1948) y tres Giros de Italia (1936, 1937 y 1946), entre otras victorias, en los años previos y posteriores a la II Guerra Mundial (1939-1945).

    No obstante, el campeón florentino continuó entrenándose durante los años del conflicto en las carreteras secundarias de su Toscana natal.

    Lo que nadie sabía por entonces es que en sus rutas entre Asís y Florencia transportaba, escondidos en los tubos de su bicicleta, documentos y fotografías para la expedición de salvoconductos falsos que el Vaticano proporcionaba a los judíos refugiados en Italia y evitar así su envío a campos de concentración.

    Su fama y popularidad entre sus compatriotas le permitió eludir en incontables ocasiones los controles policiales mientras pedaleaba con su bicicleta, ataviado siempre con la camiseta negra que caracterizaba a los fascistas.

    En una ocasión fue descubierto y quisieron fusilarle, pero la irrupción de las tropas aliadas le salvaron de una muerte violenta.

    Conocido también con el apodo de "Ginetaccio", este ciclista florentino, católico practicante e icono de la Italia fascista de Benito Mussolini, consiguió salvar a unos 800 judíos del holocausto nazi, un secreto que se llevó a la tumba el 5 de mayo del año 2000 a los 86 años.

    Esa información se supo algunos años después, cuando se encontraron varios cuadernos de apuntes de Giorgio Nissim, un judío que vivía en Toscana y que dirigió esa operación de salvamento de judíos en estrecha colaboración con el cardenal Elia Angelo Dalla Costa, quien llamó a Bartali para pedirle ayuda.

    Por esta proeza, el mito de la bicicleta sin artificios que ordenó a sus hijos que no contasen nada con la frase "El bien se hace pero no se dice", fue nombrado en septiembre de 2013 "Justo entre las Naciones" que otorga la institución israelí Yad Vashem a quien ayudó a los judíos durante la II Guerra Mundial.

    Pero no fue la única ocasión en la que Bartali vivió un momento de tensión de gran magnitud, con muchas vidas de inocentes en juego.

    Durante el Tour de Francia de 1948 recibió una llamada del entonces presidente del gobierno italiano Alcide di Gaspari para instarle que ganara ante la delicada situación en la que se vio inmersa la nación con el atentado contra el dirigente comunista Palmiro Togliatti.

    Consciente de la gravedad de la situación, que podía desencadenar una nueva guerra, en este caso civil, en un país aún con las heridas abiertas tras el conflicto mundial, y motivado por su habitual espíritu de superación y su competitividad habitual, Bartali le contestó: "Lo voy a intentar".

    Y así fue: lo intentó y lo consiguió, alzándose con su segundo título en la gran cita francesa, ya por entonces, del ciclismo internacional, una victoria que apaciguó los ánimos en su país.

    Los testimonios de la época señalan que Bartali y Coppi levantaron pasiones en los años de la posguerra y dividieron el país en dos formas de concebir el deporte, pero también el estilo de vida: el primero era un católico convencido, tradicional, que bebía y fumaba; el segundo, laico, infiel, sano y de izquierdas.

    Sin embargo, ambos ciclistas se respetaban y les gustaba medirse en las carreras; una fotografía plasmó uno de los momentos más célebres entre ambos: en ella se puede ver a Coppi pasándole una botella de agua a su rival en la subida al Alpe d'Huez en la edición de 1952 del Tour de Francia.

    En el número 118 de la vía de Campigliano, esquina con la vía Chiantigiana de la localidad florentina de Ponte a Ema, una placa conmemorativa recuerda el nacimiento, en ese lugar hace justo un siglo, de "Ginetaccio", quien "suscitó entusiasmo y pasiones hasta entrar en la leyenda", se puede leer en el rótulo.

    http://www.publimetro.co/deportes/bartali-el-ciclista-que-salvo-a-800-judios-de-los-nazis-cumple-hoy-100-anos/lAmngr!hgfUjOgi4y4N6roIbZv6A/
  • SPIDERMAN
    Publicaciones: 7,562Sargento Mayor 2971

    Hola a todos.

    Debate sobre la casa en que nació Hitler

    Publicado el 17 oct. 2016

    Divergencia de opiniones en Austria sobre qué hacer con la casa natal del dictador Alemán/Austriaco.

    https://www.youtube.com/watch?v=Cx8GCbgZ5NM

     

    Auf Wiedersehen.

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